La gasolina regular se está vendiendo en Lima hasta en 24 o 25 soles el galón y el diésel todavía un poco más. La última estadística oficial, referida a mediados de abril, dice que el precio promedio a nivel nacional de la gasolina estaba en 20 soles 70 céntimos. El aumento de precios de los combustibles ha sido bastante fuerte entre marzo y abril, a fines de febrero la gasolina regular costaba 15 soles el galón en promedio, así que el aumento ha sido mayor al 50 por ciento.  El balón de gas para nuestras cocinas también ha subido en al menos cinco soles adicionales, encima de un precio que ya era alto.

El impacto de estos aumentos sobre las economías populares es duro y quienes sufren más son los pobres. El INEI reporta que los pasajes en combi han subido 25 por ciento entre marzo y abril, pero desde mototaxis hasta buses interprovinciales el transporte se ha encarecido mucho. El diésel impacta sobre todo en las tarifas de carga, así que en Lima suban los productos de nuestra agricultura mientras las regiones se ven golpeadas con alzas de productos industriales como la leche y la cerveza. La inflación se ha disparado en marzo y abril en todo el territorio nacional, habiéndose acumulado en solo estos dos meses casi 3 por ciento de aumento de precios. Es probable que en los próximos meses el efecto del alza de los combustibles se siga sintiendo a lo largo y ancho del país y de los distintos comercios. Mientras los transportistas también se ven perjudicados, el impacto inflacionario sirve como coartada para que los grandes monopolios se aprovechen a río revuelto, como ha documentado a nivel internacional la economista alemana Isabella Weber.

La causa del alza de precios del petróleo a nivel internacional es conocida: el cierre del estrecho de Ormuz luego del brutal ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. Por Ormuz pasaban 20 millones de barriles de petróleo cada día, además de mucho gas natural y fertilizantes. La situación no muestra mejoras, Estados Unidos carece de estrategia y Trump ha hecho anuncios erráticos perdiendo totalmente credibilidad. Pero aún si hubiera una solución, el abastecimiento mundial de petróleo no se va a regularizar rápidamente, como ha reportado en detalle la revista The Economist. Los problemas van desde los compromisos ya establecidos de los barcos petroleros hasta la producción de los pozos y las refinerías que han tenido que paralizarse y que no se pueden poner en funcionamiento de un día para el otro. The Economist pone en carátula que quienes no se dan cuenta de esta realidad viven en “La-La-land”, la tierra de la fantasía.

El recorte de la oferta mundial ha elevado el petróleo de 60 a 100 dólares el barril y su precio se mantendrá alto un buen tiempo. Para la economía peruana eso significa un choque negativo de importante magnitud. Algunos análisis resaltan que el Perú tiene ahora muy buenos términos de intercambio, es decir una relación entre los precios de las exportaciones que vendemos y los precios de las importaciones que compramos, sumamente favorable. Eso es cierto, porque el precio del cobre y el oro está muy alto. Pero no puede perderse de vista que en los dos lados de esta comparación hay sujetos muy distintos. Los altos precios de los metales que exportamos benefician principalmente a las grandes trasnacionales y grupos mineros peruanos, y la parte minoritaria que le cae al fisco ya la ha dilapidado el congreso fujimorista gobernante en exoneraciones tributarias a grandes agroexportadoras y otros amigotes.  Así que poco de eso chorrea a las mayorías trabajadoras, que por otro lado sí se ven afectadas por el aumento de precios del petróleo.  Ese pueblo enfrenta alzas de precios que les agujerean los bolsillos y no les queda otra que comprar menos de todo: alimentos, ropa, útiles escolares, medicinas, etc. Eso tiene un impacto recesivo, ya que la reducción del consumo frena el crecimiento económico, impacto que se irá viendo los próximos meses si no se hace nada.

Aunque nada podemos hacer frente a la situación mundial de precios del petróleo, si hay espacio para que políticas económicas soberanas mitiguen ese golpe y defiendan la economía popular. Muchos gobiernos han tomado medidas frente a esta situación. España, Polonia y México han reducido los impuestos a los combustibles. Otros países han destinado fondos fiscales a cubrir parte del precio del petróleo, como Francia, Ecuador y Honduras (dos gobiernos latinoamericanos de ultraderecha). En el Perú tenemos hace varias décadas un mecanismo para enfrentar situaciones como esta, el Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles, que funciona destinando recursos públicos a cubrir parte del alza de precios, recursos que se recuperarán cuando en años subsiguientes el precio internacional baje, como suele suceder. Si faltaran fondos ahora, la solución está a la mano: exigir una contribución extraordinaria a las grandes empresas mineras que ahora tienen sobreganancias enormes. Si la suerte hace que a unos pocos millonarios les llueva oro y a muchos empuja a la pobreza, el estado puede equilibrar un poco la balanza para así reducir la injusticia de la situación.

Estamos en medio de una campaña electoral que concentra nuestra atención, pero no por eso debemos despreocuparnos de problemas económicos apremiantes que afectan a millones de peruanos. El gobierno debiera actuar ahora, antes que la situación económica se agrave, y los candidatos debieran manifestarse frente a esta necesidad urgente, permitiéndonos así conocer sus propuestas de dirigir el país. Queremos soluciones y este es un buen momento para que muestren alternativas concretas, y no sólo retóricas, ante los problemas nacionales.