
Para muchos en nuestro país lo que hace Donald Trump les puede parecer poco importante. Es entendible, agobiados como estamos por la criminalidad, la pobreza y la falta de empleos, a pesar de que los precios internacionales del cobre y el oro están por los cielos. Pareciera que estamos mal aunque los vientos del exterior nos favorecen. Pero ya se ciernen sobre nosotros negros nubarrones por el lado geopolítico. Estas amenazas surgieron tras la elección de Trump, fueron explicitadas con su “Estrategia de Seguridad Nacional” y han caído fuerte sobre la región con el ataque a Venezuela para capturar al ex – dictador Maduro.
En estas páginas hemos explicado antes la política internacional de Trump: la democracia no le importa, todo el continente americano es “suyo” y lo que quiere son nuestros minerales críticos, petróleo y activos estratégicos, reclamando el canal de Panamá y poniendo su mirada en el puerto de Chancay. Son anuncios muy preocupantes para el Perú frente a los cuales todos los candidatos debieran pronunciarse, hacerles caso omiso es como olvidar que somos una tierra de huaicos, inundaciones y terremotos y carecer de una estrategia para enfrentar esos riesgos que sabemos se harán realidad tarde o temprano.
Cómo y cuándo se harán realidad estas amenazas depende de lo que al nuevo emperador Donald Trump le pase por la cabeza. Y en esa mente, bastante inestable por cierto, hay un fuerte racismo. En un debate público Trump dijo que los inmigrantes haitianos en Springfield, Ohio, se comen a las mascotas del barrio, una tremenda mentira que solo puede ir junto a un tremendo desprecio a los supuestos protagonistas del hecho. Antes él ya había dicho “¿Por qué tenemos toda esta gente de países de mierda (sic) viniendo aquí?”, refiriéndose a los países africanos, a Haití y a El Salvador. Esta semana ha desatado una ofensiva brutal con miles de agente de ICE (“la Migra”) contra Minneapolis, donde vive una comunidad de origen somalí a quien antes Trump llamó “basura” aunque más del 90 por ciento son ciudadanos de los Estados Unidos. Esta ofensiva viene luego de que un agente de ICE asesinara a una mujer luego de llamarla “maldita perra”. Trump también ha golpeado a Sudáfrica con aranceles altos y cortes de ayuda, y ha dado asilo a blancos sudafricanos mientras lo niega a todos los demás, acusando que hay ahí un “genocidio blanco”, algo que carece totalmente de sustento. Por el contrario, si por algo se recuerda a Sudáfrica es por más de un siglo de apartheid, con los blancos explotando y excluyendo a los negros a punta de balas. Trump ha dicho varias veces que él mismo es super- inteligente y que eso se debe a su ascendencia alemana, mientras dice que por razones genéticas las personas de países del sur son asquerosas y malas. En Estados Unidos la gente ya se dio cuenta de su racismo: entre los blancos la diferencia entre quienes aprueban el gobierno de Trump y quienes lo desaprueban es mínima, pero entre los hispanos lo desaprueban 25 por ciento más y entre los negros el rechazo es 70 por ciento superior a la aprobación. Para el Perú, un país lleno de indígenas, cholos, mestizos, afroperuanos y una diversidad de marrones, que el hombre más poderoso del mundo sea racista no es poca cosa. Si Trump considera que toda Latinoamérica es suya como su patio trasero, el racismo es buena parte de esta concepción y quienes no son blancos están particularmente bajo amenaza. Digamos que si alguna comunidad indígena o campesina se opone a alguna mina estadounidense, Trump podría mandar helicópteros con balas; su moral se lo permite y él ha indicado que es sólo eso, y no la ley ni acuerdos internacionales, lo que limita sus decisiones.
El racismo es uno de los grandes males de nuestra nación. Somos un país que negó la ciudadanía a los indígenas durante más de cientocincuenta años. Ese racismo nos hace una república fracturada, excluyente, donde la igualdad ante la ley es solamente un ideal. Al racismo tenemos que erradicarlo y eso hoy significa enfrentar también a Trump, el nuevo emperador “de todas las Américas”, porque una vez más colonialismo y racismo van de la mano. A pesar de eso, la derecha peruana ha mostrado su apoyo a Trump. Jerí, Keiko, López-Aliaga y varios otros han aplaudido su ataque a Venezuela. Es cierto que las similitudes entre Trump y nuestra ultraderecha congresal que nos gobierna desde diciembre de 2022 es múltiple. Ambos han activamente demolido la democracia, atacando el equilibrio de poderes y los organismos autónomos y menospreciando los preceptos constitucionales. Ambos combaten frontalmente los derechos de las mujeres y quieren que regresen a ser subordinadas que se dediquen a tener muchos hijos y cuidar la casa, sin ninguna opción ni libertad. Pero ahora estanos ante nuevos asuntos de la mayor importancia. Trump quiere apropiarse de nuestros recursos y activos críticos, y cuando frente a eso la derecha peruana sale en su apoyo, se hace evidente que están bien dispuestos a inclinarse ante su amenaza sin atisbo de defender nuestra soberanía nacional. Ese apoyo a Trump también hace manifiesto que su racismo no les molesta. ¿Debemos extrañarnos por eso? Hace tres años el gobierno de Dina y este Congreso asesinó a cincuenta compatriotas del sur andino, barbarie que la película documental Uyariy ahora en cartelera nos recuerda. El discurso de esta derecha oligárquica fue que quienes protestaban eran “ponchos rojos”, con “balas dum dum” y que “quemaban policías”, falsedades demostradas de clara connotación racista. López-Aliaga apoyó la represión con un discurso de terruqueo, razón por la cual lo abuchearon en Puno. Esas escenas de nuestra historia reciente no las debemos olvidar.
PD: En memoria del querido y consecuente compañero Nelson Manrique, que siempre tuvo muy presente la necesidad de rechazar al racismo y mantener la memoria.
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